lunes, 29 de agosto de 2011

Apropósito de la muerte de Daniel Becerra "tripido"

Luego de que los ciudadanos han presionado, finalmente, se comienza a ver la realidad que ya era evidente: un policía, "dios" sabe porqué razón, disparó por la espalda, a menos de 2 metros, a un niño que pintaba una pared en la base de un puente. Diego Felipe Becerra murió huyendo, pensando que lo máximo que le pasaría sería un rato en la estación de policía.

No me interesa si era o no era "un buen muchacho". No me interesa si fumaba o no fumaba marihuana, si bebía con frecuencia o si no era un buen alumno. Repito lo que había dicho con anterioridad; me indigna profundamente que haya muerto en manos de un policía. Y sí, me pone mucho más triste que lo haya hecho un uniformado que un criminal, porque un criminal es un criminal y aunque sea igual de horrible la muerte de una persona, es aún más tenaz cuando el victimario es un agente oficial, un servidor público, alguien al que la mayoría de los ciudadanos dejan la "seguridad" en sus manos.

No sé que decir, porque no entiendo bien porque pasan esas cosas en este país. Comienzan a aparecer pruebas en contra del grafitero que resultan ofensivas por inconsistentes; en cambio la versión de los allegados al niño asesinado tienen más peso y más lugar en la realidad.

lunes, 22 de agosto de 2011

La escuela de la infamia: la muerte de una artista

Cobardes. Asesinos, cobardes, abusivos... ¿Qué más se puede decir de una persona que dispara por la espalda a una persona inocente?¿Qué podemos esperar los ciudadanos si la misma policía dispara a quema ropa a un civil desarmado e inocente?¿Qué es del futuro de los colombianos si la fuerza pública que se supone está para protegernos ataca a los artistas y los trata como si fueran los delincuentes a los que ellos dicen "capturar"? 

Es un insulto para todos los colombianos que la policía ahora se de el gusto de matar jóvenes sin siquiera tener argumentos con los que defenderse, ya ni siquiera lo planean, ahora lo hacen sin vergüenza, como si se tratase de un animal, de un ser sin vida. No es posible que ya no sólo asesinen por intereses políticos sino que se dediquen a asesinar artistas, personas que expresan su ser social y sus ideas en dibujos, en música, en poesía, en libros... Me indigna y tiene que indignarlos a todos, cegar una vida por capricho de un civil mal educado, irresponsable, inconsciente vestido con uniforme y placa no es un acto que deba pasar desapercibido; tiene que ser el detonante que demuestre que ni Bogotá, ni cualquier parte de este país es un lugar seguro para quienes dedican sus vidas a algo más que la política o la delincuencia (casi la misma cosa en Colombia).

La vida de Diego Felipe Becerra no era una vida prescindible, como la de ningún colombiano, pero la impunidad reina y la estupidez de estos (con todo respeto, yo sé que muchos, espero que la mayoría, no lo son) salvajes con armas pagadas con nuestros impuestos anden por ahí garantizando el miedo y la injusticia propia del país enfermo en el que vivimos.

¿Cómo es posible que el padre del muchacho escuche a DOS CORONELES Y DOS MAYORES diciéndole a otro oficial que mentiras decir y en qué estadísticas basarse para proteger la institución que por intocable mata?¿cómo, cómo, cómo!!!!!!???

Los primeros reportes oficiales dicen que los agentes iban tras unos atracadores que habían asaltado una buseta. Aunque lo dudo, si fuese así, como muestra el reportaje del EL TIEMPO (no me gusta leerlo pero tenía, esta vez, la información más completa) es lamentable que no puedan demostrar dónde está la buseta o los pasajeros que fueron asaltados, y que lo único que tienen a su favor es un arma que con seguridad nunca estuvo en las manos que por no dispararla pintaban.

Es infame que los padres de este joven hayan contribuido con impuestos (que salen de su trabajo y su esfuerzo de quién sabe cuántos años) y que ese mismo dinero haya pagado las dos balas y el sueldo del victimario de su propio hijo. Es infame que lo más probable es que los tributos que han pagado a este país no alcancen para pagar la justicia que deben estar esperando.

No lo conocía, mentiría si lo hiciera, y tampoco tengo hijos, pero por naturaleza sé que es uno de los peores sufrimientos que puede sentir un humano, la muerte de un hijo. Tampoco me gustaría que mataran a mi hermano o al cualquier amigo mío. Es más no me gusta y no tiene porqué gustarle a cualquiera que maten a una persona; la muerte de una persona no tiene porque ser celebrada.

Tal parece que los amigos y parientes de "Tripido" van a organizar una marcha en protesta de su muerte y de este tipo de actos el Sábado 27 de agosto. Yo voy a asistir.


Para ver el vídeo haga click aquí





lunes, 15 de agosto de 2011

El Estudiantado Chileno y el poder de las libertades civiles

Estuve viendo un documental que explica las razones por la cuales en Chile las revueltas estudiantiles continúan con tanta insistencia a pesar de los esfuerzos del gobierno y de las fuerzas anti motines por apagar los ánimos. Me causó especial emoción ver como cada una de las quejas que expresaba uno de los líderes estudiantiles eran muy parecidas a las condiciones que se presentan en nuestro país y que a diferencia de nosotros, ellos están muy conscientes de que la privatización y el lucro en la educación es excluyente y no ayuda al desarrollo del país.

El video es un documento interesante.

Muestra que la juventud si tiene la capacidad de enfrentarse a la injusticia y al maltrato que el gobierno de turno quiere imponer sobre los ciudadanos; ¿cómo lo hace? lo logra mostrando estudiantes, profesores y padres unidos en contra de la educación como un servicio más no como un derecho; muestra estudiantes líderes de colegios de Bachillerato (ya quisiera ver yo cuántos de los que tienen la capacidad y el intelecto se expresan como los estudiantes de Chile) hablan sobre el descontento propio y el nacional que les espera por las vías de la educación privatizada, se puede ver también que las protestas más que vandalismo están llenas de alegría joven y reconfortante que le hace sentir al expectador la esperanza de una generación sin miedo a las represalias de quienes tienen el poder y, sin educar los ciudadanos, quieren conservarlo.

Así, mientras lo veía y luego leía y releía noticias sobre los tres meses que lleva ya el estudiantado chileno en manifestaciones me pregunté, ¿por qué en nuestro país no logramos movilizaciones sociales tan grandes?¿Es que somos tontos y no sabemos cómo hacerlo? o ¿Es que el gobierno chileno es menos represivo y luego de Pinochet no se atreve a actuar como se está acostumbrado en nuestro país?

La verdad no tengo la respuesta estricta a las preguntas, pero si que puedo hacer unas breves comparaciones con respecto a los cientos de miles de estudiantes chilenos y a su gobierno. Es cierto que, como yo lo veo, el colombiano promedio (sin tener la culpa, es una cosa cultural) es apagado y conformista; que le tiene miedo al cambio y su razón está motivada por el diario vivir más que por el futuro (algo sobre lo que tampoco ninguno tiene la culpa); pero es bien es cierto también que hay miles, tal vez al igual que en Chile, cientos de miles de personas dispuestas a asumir el rol de conductores de la transición hacia un país mejor; a saber, los estudiantes y la comunidad académica de Colombia.

Acá también hay ideas y aquí también hay ganas. Ahora bien, como lo dice una parte un entrevistado en el video, sí existe una diferencia entre nosotros y los chilenos; y es que la generación que está en movilización creció sin el miedo a la dictadura, creció sin el miedo a morir de repente como si la vida humana no fuera más que una bala en el cañon de un arma enferma. Los colombianos no asimilan eso aún, porque lo siguen viviendo a diario.

Aquí el brazo armado del gobierno sigue existiendo (por mi seguridad prefiero no tratar más ese tema en particular), y cuando las expresiones civiles son respetadas siempre se ven aplacadas por estrategias mediáticas que pretenden criminalizar a los manifestantes. Además se persiguen, sin ningún tipo de restricción, a periodistas y políticos de la oposición ( Hollman Morris, Daniel Coronell, etc.)

Es decir, ¿si se meten con figuras públicas, por qué no se meterían con cada pobre mortal que nunca ha salido en un medio de comunicación y al que muy pocos conocen?

Otra cosa de resaltar que me hizo soñar fue que incluso quienes no son estudiantes y entienden la situación, no se han dejado llenar la "tasa racional" de lo que les proponen los medios nacionales y han decidido apoyar a los jóvenes mediante expresiones populares como el "cacerolazo". Me alegra mucho que los padres y los amigos de los padres entiendan aún cuando (sólo en apariencia) es un tema que ya les incumbe poco.

Sin miedo es más fácil ser ciudadano.

Así, y dado que el Gobierno de Piñera y sus ministros no quieren reaccionar ante la presión, los manifestantes van a recurrir a otros mecanismos de participación popular como el plebiscito; de forma tal que, pase lo que pase, el interés colectivo y la justicia tenga cabida en la vida nacional de Chile.



Y qué?

Anonymus se atribuyó nuevos ataques a páginas oficiales colombianas.






lunes, 8 de agosto de 2011

Un respiro: El Fútbol Nacional

Nunca conocí la fiesta del fútbol hasta hace un par de días. Siempre escuché que ver un partido de este deporte por televisión no se puede comparar con ver uno en vivo, en el estadio, cerca de los jugadores, escuchando los gritos del entrenador y de los aficionados; haciendo las tremendas filas para comerse un perro caliente a precios altísimos y pasando por filtros de requisas que al final se vuelven molestas.

No mentían. Es una experiencia que sin lugar a dudas vale la pena repetir.

Asistí por primera vez a un partido de fútbol profesional el pasado Viernes 5 de Agosto en el Nemesio Camacho, El Campín. Se trata del mundial, y así no sea el de mayores, mi familia y yo teníamos que asistir al menos una vez antes de comenzar a parecer extraños entre nosotros (a todas las familias les pasa).

El estadio se ve mucho más bonito e interesante cuando se sabe que va a ser parte de él en unos minutos; la cotidianidad y el afán usualmente nos obliga a ignorar la arquitectura de la ciudad y no niego que nunca antes había puesto reparo en esta construcción. Resulta que, por obvias razones, es tan grande como imponente. Miles de personas caminan maravilladas hacia la edificación con sonrisas en sus rostros, puede que sea por la expectativa de su interior, de los jugadores, del momento del gol, de la emoción.

Para sostener más de 35000 personas esta estructura tiene que ser maravillosa. Seguramente (a menos de que se trate de arquitectos o ingenieros civiles, o alguna cosa así) nadie tiene idea de como el concreto, junto con el metal, logran sostener a tanta gente junta. Yo tampoco lo sé, pero sé que tiene que ver con la distribución del peso a lo largo de las columnas que se reparten a lo largo de toda la construcción. Algunas, particularmente en el sector oriental y occidental, son inclinadas a izquierda y derecha, formando triángulos entre ellas; en "sig-sag" como si se tratara de un juego estético, de una torre de cartas, sólo que esta vez, no sostienen más de ellas sino silleterías con personas.




Todos los espectadores, a excepción de algunos pocos, visten la camiseta de la selección; del equipo de La República de Korea habían muy pocos y la única forma de encontrarlos en grupo era cuando estaban juntos haciendo fuerza a su equipo. Miles, literalmente miles de camisas amarillas cubrían la estructura; desde la prenda más actualizada hasta unas que parecían las de la selección del 93, marca Comba, cuando se utilizaba el cuello amplio que sobresale de la camiseta y baja en corto azul nuevamente sobre el cuello. Estaban las Lotto del 2002 al 2010, las Reebook (en mucha menor cantidad) que fueron a Francia a disputar el mundial de mayores; se podía repasar la historia de la selección si se prestaba atención a los asistentes del partido (por supuesto, sobraban las imitaciones, incluyendo la que yo llevé puesta).

La espectativa se agiganta cuando se está a punto de llegar a las tribunas. Lo primero que se puede ver es la iluminación y parte de las gradas del lado contrario del estadio. Y ruido. Mucho ruido que golpea en los oídos y eriza la piel. Después de todo es un sonido que sólo puede venir de una masa de personas que vienen a llorar o a celebrar el triunfo de alguno de los equipos. Todos juntos entran y todos juntos salen sin importar el resultado.

Los padres dirigen a sus pequeños tomándolos de los hombros con fuerza, seguramente para que no se les pierdan de vista y no les arruinen el rato; sería triste que en cambio de ver el juego se queden buscando con desesperación al chico. Se les ve, a los mayores, a los padres con cara de orgullo. Están con sus hijos en el estadio en un partido de la selección; a los más jóvenes se les ve esa mirada de inocencia, de perplejidad; ellos también saben que no deben separase de su viejo y que están a punto de presenciar un juego de fútbol. Una de las pocas cosas que mantienen a este país unido.

A medida que se acerca el comienzo del partido, la multitud comienza a animar al equipo local con gritería y palmas; yo imagino que se escucha en los camerinos y, ante tal estruendo, a los jugadores también se les riza la epidermis. 




La iluminación es un sueño. Por lo menos en las graderías no alcancé a ver un lugar en el que la luz no llegara. En las cuatro esquinas del Campín se alzan las torres que hacen parte de la iluminación del lugar; se sabe que son bombillos de alto voltaje, que deben ser unas 20 o 25 columnas por unas 10 filas de estos, pero parecen uno solo. Una gran pantalla que irradia luz cegadora que se encarga de hacer juego con las otras tres para alumbrar cuanta sombra sea posible.

Luego de unas palabras pronunciadas por una voz desconocida y con mala pronunciación del inglés, entran los árbitros seguidos de los jugadores y la multitud estalla en ruido. Gritos, chiflidos, cornetas y vuvuzelas ensordecen el silencio. Cuando los equipos se acomodan en línea mirando hacia el occidente (donde se encuentran los palcos preferenciales y la boletería más cara) se reproducen los himnos de los países a los que pertenecen cada equipo. Primero el visitante y luego el local.

Con tristeza, con profundo dolor noté que mientras sonó el canto nacional de La República de Korea, la multitud no calló; ni chistó el silencio mientras fervientemente los extranjeros cantaban a su patria. Me avergoncé de ser colombiano y baje la cabeza (en silencio) mientras sonaba su himno. No sé nada sobre la moral más me inculcaron principios dice una canción de rap venezolano.

Cuando terminó la canción nacional extranjera, luego de unos segundos, sonó la composición de Oreste Síndici y la multitud dejó de producir cualquier clase de sonido. Callados todos. Me pregunto que sintieron los visitantes que estaban en la sillas altas de la parte sur oriental. La gran mayoría canto la letra de Rafael Nuñez sin detenerse hasta el final. Se me crispó la piel de nuevo, esta vez no tanto por la emoción; no sé por qué fue. Tal vez porque soy colombiano y nunca había escuchado el himno nacional tan alto. Lástima que no supimos hacer lo mismo por nuestros invitados. Mal por los anfitriones.




El juego comenzó sin ninguna novedad; ya había visto que se formaba alboroto cuando empieza el partido una vez que estuve viendo otro cotejo de la selección de mayores en un bar.

A medida que transcurría el partido la emoción y el miedo aumentaban. Cada llegada del equipo contrario lograba soltar una respiración de todas las personas que se asemeja a un ventarrón con el volumen de 50 baffles de la mejor calidad. Era jocosa la cantidad de palabras soeces que salen de las bocas de las personas cuando un jugador se equivoca haciendo un mal pase o cuando fallan un tiro al arco. Se exalta el uso de la grosería con delicadeza; nadie tuvo en cuenta (incluyéndome) que habían muchos niños cerca y que, con seguridad aprenderían tan rápido como sus padres dicen las "vulgaridades". Puede que en este contexto sea aceptable. No lo sé, no soy quién para decirlo.

Fueron varios de estos momentos hasta que por fin... se hizo el gol por el que la mayoría de los asistentes fuimos. Eso si; no soy un fanático del fútbol pero ver un gol en el estadio es muy distinto a verlo en la pantalla (grande o pequeña). Imagino, nuevamente, que el grito colectivo que anunció el gol se escuchó varias cuadras al rededor del estadio. Todos sonreían mientras veían la repetición en la pantalla. O por lo menos la mayoría.

Luego del gol, tengo que admitir, el partido se tornó monótono y se perdió un poco la emoción; sin embargo, a pesar de que no hubo mucho para ver después de la primera anotación los pocos momentos de juego fuerte que se presentaron compensaron la espera. Cuando los jugadores se acercan al arco (no importa de qué equipo) los espectadores se ponen de pie a la espera de que la jugada concluya; cuando acaba, como si fuera la liberación de una carga imperiosa sobre los hombros de la que se liberaran, se sueltan con una libertad jocosa sobre sus asientos. Eso sucede durante todo el partido; hasta como ejercicio debe resultar tal movimiento.

Sobre las luces que están arriba de los palcos preferenciales, durante más de la mitad del partido, se posó el atardecer y, no sé si en conjunto con la iluminación del Nemesio Camacho, se formó un color morado y naranja que hacía degradé en sus diferentes tonalidades hasta que se unían con el techo del estadio; no sólo hubo juego sino también buena vista. No tengo experiencia en eso de la afición del fútbol pero seguro que fue un buen día para el país.

Es bonito ver como convergen todos los estratos sociales, gente de todo tipo, con todas las formas de pensamiento que se puedan imaginar y que nadie agredió a nadie. 35000 colombianos pasaron al rededor de 120 minutos de armonía y amistad sin necesidad de recurrir a la tradición violenta que nos caracteriza. Todos hermanos colombianos. Nada de nacionalismo, nada de diferencias; solo gente que vive en el mismo lugar y que comparte su cariño por un deporte que siempre ha sido de su preferencia.

Bonito, un gesto bonito sin duda.

Cuando acabó el partido y el resultado final se pronunció, la multitud celebró con aplausos y chiflidos. los jugadores saludaban y rendían tributo a la responsabilidad que se les asignó: darle un respiro a este país enfermo.





jueves, 4 de agosto de 2011

¿Y nuestras libertades civiles? (Artículo de opinión)

Tengo 21 años de vida y no me acuerdo de ningún momento histórico en particular en que los colombianos estuviéramos dispuestos a renunciar a nuestros derechos como civiles y ciudadanos. Por supuesto, los colombianos han tomado decisiones incorrectas en las urnas de votación y los resultados han sido devastadores; en resumen, la ciudadanía nacional no ha sabido corresponder a la "suspicacia indígena" que supuestamente nos caracteriza, y ha optado por elegir a quienes, sin expresarlo en ningún discurso político, vienen a quitarle a los habitantes de Colombia una de las pocas cosas que aún les pertenece: sus derechos.

La historia patria en ese sentido es muy interesante. Bien lo documenta Alfredo Molano en muchas de sus obras (Trochas y Fusiles, Los años del Tropel, etc.); este sociólogo, escritor y periodista colombiano ha dedicado buena parte de su vida ha narrar la forma en que desde los inicios del conflicto en nuestro país, a la población se le ha negado el derecho a elegir una forma de pensar, una posición crítica y (por supuesto junto con la innumerable cantidad de violaciones que un problema de violencia como el que vivimos puede traer) una vida digna para los presentes y los futuros.

Ahora bien, es curioso notar que medio siglo más tarde las cosas siguen idénticas sino que con una nube  de humo que esconde la negación de nuestras libertades civiles.

¿No le ha parecido extraño al lector que cada vez que los ciudadanos están preparando una manifestación los grandes medios de comunicación empiezan a "informar" que "según fuentes de la policía habría infiltraciones de las FARC"?

¿No es curioso que cuando los transportadores hacen un paro significativo, que por supuesto por molesto a la cotidianidad es efectivo, llamen a las empresas que están liderando la manifestación y una de las primeras acciones sea quitarle su personería jurídica?

¿Por qué las expresiones como las marchas estudiantiles o de trabajadores terminan opacadas por la fuerza pública y mostradas como disturbios de revoltosos sin oficio?

Creo que hay que tener en cuenta que ni expresarse, ni manifestar NI PENSAR es un delito y más bien es una cualidad que la esfera política y de la "fuerza pública" (o como le decía Jaime Garzón, la violencia legítima del Estado) deben celebrar, no satanizar.

Hoy 4 de Agosto, vi un artículo en el periódico El Espectador en el que el concejal Jaime Caicedo denunció que la supuestas infiltraciones de las FARC es una especia de "falso positivo" gubernamental que utilizan para validar la represión injustificada a las manifestaciones civiles propiciadas por los estudiantes, indígenas y sindicatos.

Es obvio, ¿dónde estaría el gobierno si los colombianos fueran ciudadanos activos y participativos? ¿Qué sería de los políticos corruptos y de las aparentes relaciones que tienen con las "bandas criminales" y las mafias?

Yo sé que pasaría. Tendrían que irse a donde pertenecen (a la cárcel) o enderezar sus caminos, porque si hay una verdad social es que los civiles somos quienes pagamos sus sueldos y quienes pagamos los platos rotos de todos los delitos que estos ladrones encorbatados cometen; y por esta razón NO PUEDEN, desde ninguna perspectiva, permitir que nos organicemos y que hagamos ejercicio de nuestros derechos como colombianos.